Sobre Mí
Durante el confinamiento atravesé un trastorno de la conducta alimentaria que me desconectó profundamente de mi cuerpo. La obsesión por la comida, las dietas, el peso y el deporte fue creciendo hasta ocuparlo todo. Lo que empezó como una afición se convirtió en una búsqueda constante de respuestas, en formaciones, lecturas y métodos que, lejos de acercarme a mí, me alejaban cada vez más de mis propias señales internas.
Viví cambios hormonales intensos: amenorrea durante más de un año, caída del cabello, piel seca, subidas y bajadas de peso, agotamiento físico y emocional. Y, sobre todo, viví el dolor de no habitarme, de no reconocer realmente a mi propio cuerpo. Por eso hoy puedo entender, desde un lugar muy real, lo que siente una mujer cuando su cuerpo cambia y no sabe por qué, cuando deja de confiar en él o cuando se habla con dureza cada día frente al espejo.
Con el tiempo comprendí que ese proceso tan duro no fue un error, sino un tránsito. Lo viví para poder acompañarlo. Para entender en primera persona lo que muchas mujeres viven en silencio.
Me formé como Técnico Superior en Dietética buscando respuestas, pero pronto me di cuenta de que gran parte de la formación estaba desactualizada y era poco profunda. La nutrición no podía ser solo contar calorías o seguir dietas cerradas. Intuía que la salud era algo mucho más amplio: no solo qué comes, sino cómo comes; no solo el alimento, sino todo aquello de lo que se nutre tu cuerpo a través de los sentidos, la mente y las emociones.
Así llegué a la nutrición integrativa, a la PNIE y, de una forma muy profunda, al Ayurveda. El Ayurveda me enamoró desde el primer momento porque me devolvió algo que había perdido: la conexión con mi raíz, con la sabiduría ancestral, con la naturaleza y con el respeto profundo al cuerpo como parte de un todo. La PNIE, desde la ciencia moderna, me confirmó algo esencial: que cuerpo, mente y entorno no pueden separarse. Dos lenguajes distintos diciendo la misma verdad.
Hoy fusiono ambos enfoques porque he comprobado en mí misma que las dietas, tal y como nos las han vendido, no funcionan a largo plazo. Lo único que me devolvió la calma fue entender mi energía, mis ciclos, mi manera de pensar, sentir y actuar, y cómo recibo los estímulos del mundo. Cuando el cuerpo se siente escuchado, reposa. Y cuando reposa, vuelve poco a poco a su lugar. No al que deseamos desde la exigencia, sino al que necesita desde la sabiduría.
En consulta quiero que sientas, antes que nada, que estás en un espacio seguro. Un espacio privado, sin juicios, amoroso. Te haré muchas preguntas, siempre libres de contestar, porque mi objetivo no es imponerte nada, sino entender contigo por qué te está ocurriendo lo que te ocurre.
No imparto dietas sin explicar primero en qué creo y desde dónde trabajo. Si una mujer necesita estructuras más marcadas para sentirse segura, lo adaptamos juntas, siempre desde el respeto. Si desea controlar su peso, respeto esa decisión, aunque nunca será la única ni la principal motivación del proceso. No prometo milagros rápidos. Prometo algo más honesto: escucha, acompañamiento, coherencia, información y un camino sostenible a largo plazo, con constancia y con amor hacia una misma.
Creo profundamente en la tribu, en el sostén y en el esfuerzo consciente como base del cambio real.
Entiendo la perimenopausia y los cambios hormonales como una etapa de enorme sabiduría. Cuanto antes aceptamos los cambios, antes el cuerpo se asienta en la calma. Con los años crecen el respeto, la gratitud y una comprensión más profunda de quiénes somos. El cuerpo no se rompe: nos habla.
Para mí, el amor propio no es una consigna bonita. Es respeto. Respetar tu templo, ese cuerpo que cada día te regala un soplo de vida y te permite seguir compartiendo experiencias con las personas que amas. Es honrar tus valores como mujer y no hablarte jamás de una forma tan dura que te pierdas a ti misma por el camino.
Hago lo que hago porque amo la nutrición. Fue mi infierno y, al mismo tiempo, mi propósito. Acompañar a mujeres a reconciliarse con su cuerpo, a perder peso si así lo desean, pero sin perderse a sí mismas. A recordar que la comida es medicina, y que el cuidado verdadero nunca nace del castigo, sino del respeto.

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Sobre mi
Mi camino hacia la nutrición no nació desde la perfección, sino desde la herida.
Durante el confinamiento atravesé un trastorno de la conducta alimentaria que me desconectó profundamente de mi cuerpo. La obsesión por la comida, las dietas, el peso y el deporte fue creciendo hasta ocuparlo todo. Lo que empezó como una afición se convirtió en una búsqueda constante de respuestas, en formaciones, lecturas y métodos que, lejos de acercarme a mí, me alejaban cada vez más de mis propias señales internas.
Viví cambios hormonales intensos: amenorrea durante más de un año, caída del cabello, piel seca, subidas y bajadas de peso, agotamiento físico y emocional. Y, sobre todo, viví el dolor de no habitarme, de no reconocer realmente a mi propio cuerpo. Por eso hoy puedo entender, desde un lugar muy real, lo que siente una mujer cuando su cuerpo cambia y no sabe por qué, cuando deja de confiar en él o cuando se habla con dureza cada día frente al espejo.
Con el tiempo comprendí que ese proceso tan duro no fue un error, sino un tránsito. Lo viví para poder acompañarlo. Para entender en primera persona lo que muchas mujeres viven en silencio.
Me formé como Técnico Superior en Dietética buscando respuestas, pero pronto me di cuenta de que gran parte de la formación estaba desactualizada y era poco profunda. La nutrición no podía ser solo contar calorías o seguir dietas cerradas. Intuía que la salud era algo mucho más amplio: no solo qué comes, sino cómo comes; no solo el alimento, sino todo aquello de lo que se nutre tu cuerpo a través de los sentidos, la mente y las emociones.
Así llegué a la nutrición integrativa, a la PNIE y, de una forma muy profunda, al Ayurveda. El Ayurveda me enamoró desde el primer momento porque me devolvió algo que había perdido: la conexión con mi raíz, con la sabiduría ancestral, con la naturaleza y con el respeto profundo al cuerpo como parte de un todo. La PNIE, desde la ciencia moderna, me confirmó algo esencial: que cuerpo, mente y entorno no pueden separarse. Dos lenguajes distintos diciendo la misma verdad.
Hoy fusiono ambos enfoques porque he comprobado en mí misma que las dietas, tal y como nos las han vendido, no funcionan a largo plazo. Lo único que me devolvió la calma fue entender mi energía, mis ciclos, mi manera de pensar, sentir y actuar, y cómo recibo los estímulos del mundo. Cuando el cuerpo se siente escuchado, reposa. Y cuando reposa, vuelve poco a poco a su lugar. No al que deseamos desde la exigencia, sino al que necesita desde la sabiduría.
En consulta quiero que sientas, antes que nada, que estás en un espacio seguro. Un espacio privado, sin juicios, amoroso. Te haré muchas preguntas, siempre libres de contestar, porque mi objetivo no es imponerte nada, sino entender contigo por qué te está ocurriendo lo que te ocurre.
No imparto dietas sin explicar primero en qué creo y desde dónde trabajo. Si una mujer necesita estructuras más marcadas para sentirse segura, lo adaptamos juntas, siempre desde el respeto. Si desea controlar su peso, respeto esa decisión, aunque nunca será la única ni la principal motivación del proceso. No prometo milagros rápidos. Prometo algo más honesto: escucha, acompañamiento, coherencia, información y un camino sostenible a largo plazo, con constancia y con amor hacia una misma.
Creo profundamente en la tribu, en el sostén y en el esfuerzo consciente como base del cambio real.
Entiendo la perimenopausia y los cambios hormonales como una etapa de enorme sabiduría. Cuanto antes aceptamos los cambios, antes el cuerpo se asienta en la calma. Con los años crecen el respeto, la gratitud y una comprensión más profunda de quiénes somos. El cuerpo no se rompe: nos habla.
Para mí, el amor propio no es una consigna bonita. Es respeto. Respetar tu templo, ese cuerpo que cada día te regala un soplo de vida y te permite seguir compartiendo experiencias con las personas que amas. Es honrar tus valores como mujer y no hablarte jamás de una forma tan dura que te pierdas a ti misma por el camino.
Hago lo que hago porque amo la nutrición. Fue mi infierno y, al mismo tiempo, mi propósito. Acompañar a mujeres a reconciliarse con su cuerpo, a perder peso si así lo desean, pero sin perderse a sí mismas. A recordar que la comida es medicina, y que el cuidado verdadero nunca nace del castigo, sino del respeto.
Cuando dejamos de luchar contra el cuerpo, él encuentra su equilibrio.
No trabajo para cambiar cuerpos, sino para que cada mujer vuelva a escucharse, comprenderse y cuidarse desde dentro. La salud no se impone: se cultiva cuando el cuerpo se siente escuchado, respetado y sostenido.



